¿Qué pasa cuando la radicalidad se convierte en inercia?
¿Acaso necesitamos sentir que nos rebelamos?
¿A qué llamamos rebeldía?
Las apariencias engañan. Las superficies, sólo son eso. Vayamos a la raíz de nuestras carencias. No asumamos ni lo que consideramos evidente. El hecho de hacerlo, se convierte en nuestro peor grillete.
Hablando de parches, adicciones, placebos, superficies, estructuras y demás familia… Se me vienen a la cabeza los famosos colectivos y distintas formas organizativas y con ellas, las adoradas siglas. Siglas por aquí, siglas por allá. Qué bonitas quedan, hay que ver… Me recuerdan a las marcas de productos. ¡Hay tantas! Puedes elegir un tipo de jabón de ducha según tu tipo de piel… Cada uno con su propaganda, sus ventajas, sus estrategias, ¿Pero realmente combaten lo que dicen combatir? ¿O lo están generando con su creación y su forma de retroalimentar la necesidad de su estructura? ¿Acaso se puede llegar a la libertad partiendo de la dependencia? ¿Nos conformamos con una sensación de libertad o queremos una libertad real?
He visto proyectos que se extienden por inercia pero han perdido todo motivo. Se han quedado en el mero esqueleto, en la sucesión indefinida de una lucha hacia algo… Algo que nunca ha de llegar, porque sería una pena abandonar el local y dejar de reunirse con l@s compas, con lo que mola hacer pancartas y demás. Con lo que mola militar. Si estallara la revuelta, ¿Que haríamos con nuestro tiempo libre después del curro?
Estructuras, burocracia, asambleas… No digo que esté mal todo eso de organizarse. Siempre que se utilice como herramienta. Que no se convierta en un fin por sí mismo, si no en un medio, como otro cualquiera. Que no sustituyamos espontaneidad por organización: ¿A qué hora? ¿Qué día? ¿…Cuándo, cómo y de qué manera? Y la famosa pregunta… ¿Quién lo convoca?
¿…Cómo que cuando? ¿Cómo que donde? Aquí y ahora. ¿Cómo que quién? Tú y yo. ¿…Para qué más? Incluso tú por tu cuenta y yo por la mía. Se trata de que no nos necesitemos. Si nos encontramos, pues mira que bien. Si no, pues también. No hace falta más. Suelen ser los gestos que no se salen de la cotidianidad, ni alardean de rebeldía, los más sutiles y espontáneos… Los que resultan mucho más útiles. Por el hecho de hacerse cotidianamente. Son cosas que no necesitan panfletos. Detalles que hablan por sí mismos. Sin megáfono. La subversividad está en lo sutil. En el uso del ingenio. En la espontaneidad en sí misma. No en la pancarta, ni en la chupa llena de parches.
¿Cuántas veces nos quedamos en el proceso? La desmotivación que causa la burocracia y los mil debates de cada paso que damos…. ¿A nivel práctico, de qué sirve que nos pasamos la vida debatiendo sobre cómo haremos algo que nunca llevaremos a cabo porque no hemos terminado de debatir…? Por muy entretenido que resulte debatir. En lo que nos organizamos nosotrxs, también lo han hecho el colectivo de los antidisturbios… Incluso ellos suelen tener más espontaneidad que muchxs de nosotrxs.
Al mismo tiempo, seamos capaces de analizar cómo nos condiciona nuestra radicalidad. Si ésta, como nuestro colectivo, se queda en el camino y se convierte en fin, perdiendo el sentido para el que fue creada, y si en lugar de liberarnos nos esclaviza, nos determina…Quizá deberíamos volver a plantear esquemas que ya están oxidados, obsoletos. Hablo de cuestionarnos nuestros propios cuestionamientos. Ya sabes, asambleas internas. Autocrítica. Hagamos una mani mental para abolir nuestros miedos y para derrotar los límites y prejuicios de nuestro planteamiento. Inventémonos unas siglas para un colectivo formado por nosotrxs mismxs, si creemos que aún las necesitamos y que no podemos desterrar esta forma de funcionamiento que hemos adquirido. Si es que estamos tan enganchados a nuestra bandera de anarquía.
Que no siempre me cague en todo no significa que esté de acuerdo con todo.
No necesito hacerlo para saber que lo rechazo.
Que no tenga una bandera de anarquía en mi habitación no significa que no me atraiga la idea de quemar una comisaría.
No necesito una letra que me diga lo que quiero.
Que no me organice los jueves en asamblea, no significa que no tenga mis propias estrategias.
No necesito tatuarme la palabra libertad para amarla.
El hecho de no necesitarlo, me hace libre y no el hecho de llevarla.
Y si hago lo que hago y no hago lo que no hago, es porque mi batalla no se queda en la superficie. No me valen los parches ni las reformas a flor de piel. Lo mío son las profundidades, las entrañas y las vísceras. Diseccionar la disección. Lo mío es el autoformateo y la espontaneidad, porque creo que éstas, son las mejores armas, las mejores herramientas. Sin ellas, la libertad es sólo una sensación pasajera. Cómo se suele decir, pan para hoy y hambre para mañana.
Por eso le declaro la guerra a las carencias.
Guerra a la dependencia.
Guerra a esa libertad que me esclaviza.
Guerra a la inercia con disfraz de anarquía, que resulta ser una seudoanarquía estandarizada.
Una espontánea indignada.